lunes, agosto 28, 2017

Unheimlich (Med. II)

Estaba solo. Llegaba a un edificio con escaleras de mármol. En el hall era interceptado por una señora muy maquillada, de chaquetita roja, que me daba la bienvenida y se reía antes de desaparecer por una puerta lateral. Cuando atravesé la puerta descubrí que la exposición todavía no había comenzado. Otra señora, muy seria frente a una mesita de plástico, me miraba con suspicacia, pero no decía nada. ¿Habrá visto a quién saludé a la entrada?
Seguía solo. Sin curiosidad, me dediqué a recorrer un salón lleno de globos pintados. Colgaban del techo, de las paredes, había racimos que se elevaban desde el suelo. Los excesivos colores, los bruscos diseños, todo sugería una mano infantil (o senil), animada por un entusiasmo impenetrable, prolífico y violento. No era el horror de la esfinge lo que me oprimía el pecho; era la muda contigüidad de lo monstruoso. Me atreví a admitir que sabía perfectamente el nombre de la señora del hall y que todo era mi culpa (como suele suceder en estos casos). Ahí entendí que ya era tarde. En minutos llegarían los mozos, las bandejitas con canapés, las cámaras de televisión. En sueños es inútil cerrar los ojos.

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